ERASE UNA RES PARRILLA
Nápoles · 1995 → Bogotá · Hoy
No hemos cambiado una sola proporción desde que el bisabuelo Vincenzo cultivó la primera masa madre. Porque la prisa es el único enemigo de lo excepcional.
No somos un restaurante de moda.
Somos una obsesión que lleva un siglo sin resolverse.
En 1995, Vincenzo Ferrante plantó en tierra napolitana una semilla invisible — un cultivo de levaduras salvajes que se alimentaría de harina y agua cada día sin excepción. Hoy, esa misma entidad biológica respira bajo nuestro techo en Bogotá, viajó protegida en un jarrón de terracota a través del Atlántico, y ha sido dividida y alimentada por cuatro generaciones de manos que se negaron a usar atajos.
La pizza napolitana auténtica no es una técnica. Es un acto de fe. Cada disco de masa que sale de nuestras manos ha fermentado exactamente 72 horas, se ha cocido en exactamente 90 segundos a exactamente 450°C sobre piedra volcánica del Vesubio, y ha sido construido con ingredientes que tienen su origen certificado en la Campania italiana. No hay sustitutos. Nunca los hubo.
Cada capítulo, una decisión que definió quiénes somos hoy.
Don Emiliano abre las puertas en Usaquén con tres mesas y un asador artesanal, donde el aroma a leña pronto conquista el vecindario.
La segunda generación toma el mando, incorporando cortes madurados y técnicas de ahumado que elevan la experiencia parrillera.
Tras la tempestad, renacemos con un espacio renovado y un servicio de entrega que lleva el fuego a los hogares bogotanos.
Somos un templo de la parrilla bogotana, donde cada visita es un cuento de fuego, sabor y tradición que sigue escribiéndose.
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Hay restaurantes que fabrican comida. Nosotros fabricamos convicciones. Estos son los tres principios que nunca hemos negociado en 100 años de historia.
Nuestra historia nace en las montañas andinas, donde la niebla acaricia los pastos y el ganado pace libre. Honramos la procedencia de cada corte, seleccionando solo reses criadas con respeto.
El fuego es nuestro lenguaje. Leña de roble, carbón vegetal y paciencia: cada llama es un susurro que transforma la carne en una obra maestra de sabor y textura.
En torno a la mesa, los cuentos cobran vida. Compartir un asado es revivir memorias, ritual que une generaciones. Aquí, cada comensal es familia y cada plato, un capítulo.
La brasa que heredamos, el sabor que trasciende.Conoce nuestro arte →